Bien,
documentales. Documentales malditos, documentales danzantes y referencias; Nationals Geographics varios, Robert
Capa, siestas de domingo, Paraísos Cercanos (RTVE) y su hipnótica sintonía, Eugène
Atget, producciones de la BBC vs. reportajes callejeros de Mediaset, clases de
Historia del cine. Clases de Historia del cine y cosecha propia; la salida de
la fábrica, Nanook of the North (Robert Flaherty, 1922) hasta Orson Welles en F
for Fake (1974/5), Agnès Varda y Jacques Demy (Jacquot de Nantes, 1991; L'Univers de Jacques Demy, 1995), la vida dura de hacer
las calles del Nueva York hipster con Dallesandro, y Warhol y Morrissey detrás, en Flesh
(1968), hamburguesas letales (Super Size Me, Morgan Spurlock, 2004) y obsolescencia programada, Godard y los Rolling Stones con las letanías de los Panteras negras
(One Plus One, 1968), cinema verité, nuevo cine alemán, Werner Herzog y sus
osos amorosos (Grizzly Man, 2005) y Stroszek (1977) y Ian Curtis suicidándose después, Joy
Division y Madchester por Savage y Grant Gee (2007), el Wigan Casino del Northern Soul, David Bowie aka Cracked Actor (Alan
Yentob, 1974) y Christiane F. cayendo en la droga por la gloria de su Thin
White Duke... Komeda. Krzysztof Komeda en Komeda - A soundtrack for a life (Claudia
Buthenhoff-Duffy, 2010), aquí, ahora.
Este último puede
que sea el único modelo decente que tengo para considerar seriamente como referencia
legítima de documental. Pero también puede que menos seriamente que el que viene a continuación:
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